El conservacionista británico Dave Goulson acaba de escribir un libro en el que alerta sobre cómo afectará al hombre la ausencia de los insectos, cuya población ya empezó a mermar.

Dave Goulson (Shropshire, Inglaterra, 1965) es una de las personas que más sabe sobre una especie de insecto muy lista, peluda y ruidosa: los abejorros. Este biólogo y divulgador británico se obsesionó por una especie de este animal, que desde su infancia ha ido mermando en número en su país hasta extinguirse. Goulson, uno de los conservacionistas más respetados del Reino Unido, está dando la pelea por reintroducirlos de nuevo. El biólogo se debió cansar de nuestro desinterés ante la gravísima disminución en el número de insectos que nos rodean y ahora contraataca con la publicación de Planeta silencioso. Las consecuencias de un mundo sin insectos (Crítica). ¿Su objetivo? Que vislumbremos el futuro distópico que se abre ante nosotros.

–¿Qué pasarán cuando nos quedemos sin insectos?

–Lo pasaremos muy mal. Millones morirán por falta de comida, los países se aislarán, se romperán los tratados internacionales…

–Pero que desaparezcan las plagas de mosquitos no suena mal.

–Es que precisamente esas plagas irán a más.

–Dice que hay alrededor de cinco millones de especies de insectos, pero solo hemos bautizado a un millón. ¿Nos perdemos mucho por no conocer mejor a los cuatro millones restantes?

–Llevaría demasiado tiempo y mucha inversión. Lo que deberíamos hacer es proteger nuestras selvas y reducir el uso de pesticidas.

–Cuenta en su libro un caso de éxito: el de la introducción en Australia de escarabajos peloteros, de los que carecía el país, para que se alimenten de las boñigas de las vacas. Se habían encontrado con un problema por exceso de heces cuando aumentó su producción de carne para consumo humano.

–Ese caso funcionó muy bien, pero no es lo normal. Hay muchos más fracasos que éxitos en la introducción de especies de insectos, muchos acaban en horribles plagas.

–Postula que es mejor que consumamos escarabajos que vacas…

–Necesitan comer 12 veces menos para engordar lo mismo. Y consumen mucha menos agua, emiten infinitamente menos metano, además de que la proporción de proteína en su carne es mayor y tienen menos grasas saturadas. El 80% del planeta ya come insectos y en Occidente deberíamos ir considerándolo.

–Pero usted, que es un gran experto en insectos, solo probó dos especies que sean comestibles.

–No soy un buen ejemplo. Posiblemente, todavía sea pronto para que se generalice su consumo donde yo vivo.

–Dice que el valor del trabajo de polinización en la agricultura mundial es de entre 235.000 y 577.000 millones de euros. ¿Cómo se calculó esa cifra?

–Se valora la producción en una zona concreta donde nos consta que los manzanos, por ejemplo, son polinizados cada año, y la comparamos con la producción en otra zona donde sabemos que la polinización es mucho menor. Así se hace el cálculo. No hay que tomárselo al pie de la letra, pero es una ayuda.

–En el libro hace un relato bastante distópico en el que dice que acabaremos polinizando los árboles a mano.

–Es que ya hay falta de insectos. En muchas zonas tienen que polinizar a mano: en áreas de China, Kenya o la India. Como la mano de obra allí es barata, les compensa hacerlo.

–Afirma que deberíamos actuar con urgencia para revertir su proceso de desaparición. ¿Algún ejemplo alentador?

–En Alemania, un millón de ciudadanos votaron para ayudar a los insectos tras demostrarse que en 27 años (entre 1990 y 2017) la cantidad de ellos en algunas zonas del país se había reducido un 76%. Así que redujeron el uso de pesticidas, aumentaron la inversión en granjas ecológicas o disminuyeron el alumbrado urbano nocturno.

–¿Cuándo le empezaron a interesar los insectos?

–Muy pronto. El primer encuentro que recuerdo fue con una oruga. La encontré en el patio de recreo de mi colegio y la guardé en el recipiente de mi merienda. Vi día a día su transformación hasta convertirse en una polilla. Me pareció algo mágico.

–Hay distintas teorías para explicar la metamorfosis.

–Una explicación reciente es que evolucionó a partir del apareamiento entre un insecto volador y una especie de gusano. Otra teoría más verosímil es que se debe a la salida prematura de un insecto embrionario de su huevo. Es algo remarcable: cambia todo el cuerpo.

–En su infancia, ¿fue consciente de que los humanos éramos letales para los animales?

–No, entonces ni se mencionaba que estábamos acabando con tantas especies. Desde mi nacimiento en 1965 a ahora perdimos a más de la mitad de los seres vivos del planeta.

–¿Cuál es su insecto fetiche, el que le robó el corazón?

–Los abejorros. Les dediqué los últimos 30 años de mi vida. Son tan lindos y listos…

Por Carmen Pérez-Lanzac

Fuente: La Nación